El sabio y el Khan
Numerosas naciones habían caído ante el gran poder del Khan que todo lo dominaba.
Ya sea mediante la fuerza de la lanza o el miedo, uno tras otro los reyes se habían arrodillado ante él y le rendían diversos tributos. Su poder no parecía conocer fin y sus conquistas parecían no tener horizontes.
Fue entonces cuando supo de un anciano sabio cuyos fieles alcanzaban los miles y seguían los designios de este ya que se le consideraba el mensajero de un dios, cualquiera que fuera la palabra que les dijera, estos la escucharían y seguirían sin chistar.
Al principio se refirió al sabio como un viejo loco y se rió de él como de tantos otros "hombres de fe" cuyos templos destruyó y con su lanza atravesó.
Pero a medida que las conquistas del Khan ya no avanzaban, los seguidores y fieles del sabio crecían. Esto llevó al guerrero a meditar sobre este predicador de palabras divinas como tantos otros.
A pesar de las palabras de sus generales, el gran Khan fue con su ejército al templo de este anciano decidido a acabar con el mismo.
Cuando llegó, lo que vio le sorprendió.
Era un mar de gente en torno a una torre simple, pero en vez estar dispersos como en otros templos, todos incluso los niños meditaban y rezaban de forma armoniosa.
Tal poder maravilló al Khan pero también le mostró lo peligroso que este sabio era para él.
Avanzó a lo largo de los fieles que abandonaron sus rezos para mirar al guerrero y sus tropas, que pese a los alaridos e insultos de los soldados, estos primeros no se inmutaban.
Cuando por fin alcanzó la torre, decidió ingresar sólo pese a la insistencia de sus hombres, no tenía nada que temer a un hombre de fe como este.
El salón estaba decorado con banderas blancas que ondeaban gracias a la brisa y había pequeños altares con velitas que ardían con un suave calor.
Pero lo que más lo sorprendió fue encontrar al sabio como alguien más simple de lo que había pensado. Este vestía una túnica simple en color blanco y sus largos cabellos (también del color de la leche) reposaban sobre sus hombros y pies.
El Khan vociferó amenazas al sabio que permaneció impasible con los ojos cerrados, en una posición de meditación.
Si el guerrero no hubiera visto que el pecho de este se movía levemente al respirar, hubiera pensado que era un cadáver y no un hombre al que estaba gritando.
Ante la falta de respuesta del anciano, decidió avanzar más cerca de este y con gestos más agresivos volvió a proferir amenazas a cielo y tierra, arriba y abajo, de izquierda y derecha hacia el sabio.
Sin embargo, otra vez negativas.
Este panorama enfureció al ya colérico Khan que desenvainó su espada y la puso en el cuello del viejo, dándole tiempo suficiente para que este último diga sus plegarias.
- ¿Tanto deseas matarme bruto?
Esa fue la pregunta que le hizo entonces el anciano que abrió sus ojos y lo miró con la mirada tierna de un padre a su hijo.
Tanto fue el desconcierto del guerrero que retrocedió unos pasos por el impacto de las palabras, pero este susto fue breve y arremetió nuevamente.
- Domino todas las tierras conocidas en estos páramos, los reyes me temen o mueren bajo mi espada, tu eres lo más cercano a un rey que queda aquí. Esos gusanos afuera son tus súbditos, deberán servirme ahora y tu también
Nuevamente el sabio sorprendió al Khan ya que se limitó a esbozar una leve sonrisa.
- Guerrero, no todo en este mundo se logra con la espada...¿Acaso no conoces el poder de la fe?
Esta vez fue el gran guerrero que profirió una risa pero estridente en comparación a la del anciano, una risa cargada de insolencia además.
- ¿Piensas que la fe te salvará?, he acabado con cientos de hombre de fe que rogaron por protección.
Esta vez el semblante del viejo se oscureció y con un movimiento suave pero directo se irguió.
- Sígueme guerrero, me apena lo fácil que mueves tu lengua y lo corrompido de tu espíritu.
Sin saber porqué el Khan acompañó al viejo a la entrada del templo y vió como este levantaba su flaco brazo ante la multitud. Fue entonces cuando notó que la gente que hace un momento estaba parada o realizando tareas se ponía de rodillas como para orar.
Acto seguido el sabio bajo su brazo, pronunció una oración pero esta vez su voz era pontente como un trueno, cada fiel le escuchó hasta el final sin emitir ruido alguno y sin dar ninguna indicación la gente reanudó sus tareas ni bien el sabio cayó.
El sabio retomó su tono tranquilo y se dirigió al guerrero.
- Yo transmito la voluntad de los dioses a esta gente, ellos me escuchan y siguen mis preceptos, siempre hacen lo que les digo sin cuestionar.
Sin embargo, la respuesta de su interlocutor no fue otra que una risa y el desenvainar nuevamente la espada.
- Nada que no pueda lograr con mi sable, el poder es mío y tu lo debes saber
Nuevamente la voz del sabio fue como un trueno y se elevó por encima de todo ruido o murmullo.
- ¡Necio!, tu no sabes lo que es el poder. ¡El verdadero poder está aquí!
Acto seguido levantó nuevamente su mano pero esta vez con un puño cerrado, fue entonces cuando el Khan sintió el miedo más grande de toda su vida, pudo ver el enojo en las miradas de los fieles, todos en su mano portaban algo con lo cual atacarle, fue entonces cuando continuó hablando con una voz que perforaba los oídos.
- El poder que domino guerrero es este, mira a cada uno de estos fieles, ellos arrasarían tus ejércitos, destruirían tus ciudades, traerían el mundo ante mi por el mandato de su fe. Todo para seguir la voluntad del enviado de los dioses.
Ante tal revelación, la espada del guerrero cayó de su mano y pudo ver como sus hombres escapaban entre la muchedumbre.
Una vez más el anciano habló, no sin antes abrir su mano y bajando levemente su brazo.
- Pero ese no es el camino que ha de tomar la fe, el verdadero poder radica en saber esto, pero usarlo en fines nobles y ayudar a los que más lo necesitan. Mira nuevamente a esta gente, estaban cosechando alimentos, horneando panes, preparando vestiduras...todo ello para la gente que tú lastimaste.
El Khan se sintió avergonzado por primera vez de sus actos y se arrodilló ante el sabio. Con lágrimas en los ojos pudo expresar su pena.
- Lo siento maestro, enseñeme por favor a redimir mis actos.
El anciano le sonrió y puso su mano en el hombro del guerrero.
Con el tiempo los males que una vez el Khan supo crear fueron olvidados y este devolvió las riquezas robadas a sus respectivos pueblos, restituyó a los reyes sobrevivientes y ordenó encarcelar a sus más crueles hombres. Hecho esto volvió al templo del sabio.
El anciano había obtenido un discípulo y el Khan la redención y un maestro que le enseñara a llevar la paz al mundo.
No la guerra.
Ya sea mediante la fuerza de la lanza o el miedo, uno tras otro los reyes se habían arrodillado ante él y le rendían diversos tributos. Su poder no parecía conocer fin y sus conquistas parecían no tener horizontes.
Fue entonces cuando supo de un anciano sabio cuyos fieles alcanzaban los miles y seguían los designios de este ya que se le consideraba el mensajero de un dios, cualquiera que fuera la palabra que les dijera, estos la escucharían y seguirían sin chistar.
Al principio se refirió al sabio como un viejo loco y se rió de él como de tantos otros "hombres de fe" cuyos templos destruyó y con su lanza atravesó.
Pero a medida que las conquistas del Khan ya no avanzaban, los seguidores y fieles del sabio crecían. Esto llevó al guerrero a meditar sobre este predicador de palabras divinas como tantos otros.
A pesar de las palabras de sus generales, el gran Khan fue con su ejército al templo de este anciano decidido a acabar con el mismo.
Cuando llegó, lo que vio le sorprendió.
Era un mar de gente en torno a una torre simple, pero en vez estar dispersos como en otros templos, todos incluso los niños meditaban y rezaban de forma armoniosa.
Tal poder maravilló al Khan pero también le mostró lo peligroso que este sabio era para él.
Avanzó a lo largo de los fieles que abandonaron sus rezos para mirar al guerrero y sus tropas, que pese a los alaridos e insultos de los soldados, estos primeros no se inmutaban.
Cuando por fin alcanzó la torre, decidió ingresar sólo pese a la insistencia de sus hombres, no tenía nada que temer a un hombre de fe como este.
El salón estaba decorado con banderas blancas que ondeaban gracias a la brisa y había pequeños altares con velitas que ardían con un suave calor.
Pero lo que más lo sorprendió fue encontrar al sabio como alguien más simple de lo que había pensado. Este vestía una túnica simple en color blanco y sus largos cabellos (también del color de la leche) reposaban sobre sus hombros y pies.
El Khan vociferó amenazas al sabio que permaneció impasible con los ojos cerrados, en una posición de meditación.
Si el guerrero no hubiera visto que el pecho de este se movía levemente al respirar, hubiera pensado que era un cadáver y no un hombre al que estaba gritando.
Ante la falta de respuesta del anciano, decidió avanzar más cerca de este y con gestos más agresivos volvió a proferir amenazas a cielo y tierra, arriba y abajo, de izquierda y derecha hacia el sabio.
Sin embargo, otra vez negativas.
Este panorama enfureció al ya colérico Khan que desenvainó su espada y la puso en el cuello del viejo, dándole tiempo suficiente para que este último diga sus plegarias.
- ¿Tanto deseas matarme bruto?
Esa fue la pregunta que le hizo entonces el anciano que abrió sus ojos y lo miró con la mirada tierna de un padre a su hijo.
Tanto fue el desconcierto del guerrero que retrocedió unos pasos por el impacto de las palabras, pero este susto fue breve y arremetió nuevamente.
- Domino todas las tierras conocidas en estos páramos, los reyes me temen o mueren bajo mi espada, tu eres lo más cercano a un rey que queda aquí. Esos gusanos afuera son tus súbditos, deberán servirme ahora y tu también
Nuevamente el sabio sorprendió al Khan ya que se limitó a esbozar una leve sonrisa.
- Guerrero, no todo en este mundo se logra con la espada...¿Acaso no conoces el poder de la fe?
Esta vez fue el gran guerrero que profirió una risa pero estridente en comparación a la del anciano, una risa cargada de insolencia además.
- ¿Piensas que la fe te salvará?, he acabado con cientos de hombre de fe que rogaron por protección.
Esta vez el semblante del viejo se oscureció y con un movimiento suave pero directo se irguió.
- Sígueme guerrero, me apena lo fácil que mueves tu lengua y lo corrompido de tu espíritu.
Sin saber porqué el Khan acompañó al viejo a la entrada del templo y vió como este levantaba su flaco brazo ante la multitud. Fue entonces cuando notó que la gente que hace un momento estaba parada o realizando tareas se ponía de rodillas como para orar.
Acto seguido el sabio bajo su brazo, pronunció una oración pero esta vez su voz era pontente como un trueno, cada fiel le escuchó hasta el final sin emitir ruido alguno y sin dar ninguna indicación la gente reanudó sus tareas ni bien el sabio cayó.
El sabio retomó su tono tranquilo y se dirigió al guerrero.
- Yo transmito la voluntad de los dioses a esta gente, ellos me escuchan y siguen mis preceptos, siempre hacen lo que les digo sin cuestionar.
Sin embargo, la respuesta de su interlocutor no fue otra que una risa y el desenvainar nuevamente la espada.
- Nada que no pueda lograr con mi sable, el poder es mío y tu lo debes saber
Nuevamente la voz del sabio fue como un trueno y se elevó por encima de todo ruido o murmullo.
- ¡Necio!, tu no sabes lo que es el poder. ¡El verdadero poder está aquí!
Acto seguido levantó nuevamente su mano pero esta vez con un puño cerrado, fue entonces cuando el Khan sintió el miedo más grande de toda su vida, pudo ver el enojo en las miradas de los fieles, todos en su mano portaban algo con lo cual atacarle, fue entonces cuando continuó hablando con una voz que perforaba los oídos.
- El poder que domino guerrero es este, mira a cada uno de estos fieles, ellos arrasarían tus ejércitos, destruirían tus ciudades, traerían el mundo ante mi por el mandato de su fe. Todo para seguir la voluntad del enviado de los dioses.
Ante tal revelación, la espada del guerrero cayó de su mano y pudo ver como sus hombres escapaban entre la muchedumbre.
Una vez más el anciano habló, no sin antes abrir su mano y bajando levemente su brazo.
- Pero ese no es el camino que ha de tomar la fe, el verdadero poder radica en saber esto, pero usarlo en fines nobles y ayudar a los que más lo necesitan. Mira nuevamente a esta gente, estaban cosechando alimentos, horneando panes, preparando vestiduras...todo ello para la gente que tú lastimaste.
El Khan se sintió avergonzado por primera vez de sus actos y se arrodilló ante el sabio. Con lágrimas en los ojos pudo expresar su pena.
- Lo siento maestro, enseñeme por favor a redimir mis actos.
El anciano le sonrió y puso su mano en el hombro del guerrero.
Con el tiempo los males que una vez el Khan supo crear fueron olvidados y este devolvió las riquezas robadas a sus respectivos pueblos, restituyó a los reyes sobrevivientes y ordenó encarcelar a sus más crueles hombres. Hecho esto volvió al templo del sabio.
El anciano había obtenido un discípulo y el Khan la redención y un maestro que le enseñara a llevar la paz al mundo.
No la guerra.
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